Maldiciendo rayos y centellas, se agachó sobre la taza, e iba a meter la mano para recuperar su preciada dentadura, cuando de pronto, reparó en su cara, que se reflejaba en el líquido amarillo. No pudiendo remediarlo, de su boca escapó aquella terrible maldición: - Jolinas! Entonces corrió ante el espejo, para comprobar que no estaba soñando. Pero no, aquello era tan real como un mordisco en la lengua cuando uno come cacahuetes. - Ahhhhhhhh, qué diantre tengo en la nariz?!